http://www.expansion.com/agencia/efe/2012/04/12/17149446.html
12/04/2012 EFE
Ankara, 11 abr (EFECOM).- La nueva versión del Fiat Línea, presentado esta semana en la factoría turca donde se fabrica, supone un paso más en el objetivo de la industria automovilística del país eurasiático de lanzar un vehículo de fabricación nacional.
Mustafa Koç, dueño del consorcio que fabrica el vehículo bajo licencia de Fiat, aseguró al diario Milliyet que esta versión del turismo italiano cuenta con un 70 por ciento de investigación y desarrollo turco.
De hecho, ha calificado el proyecto como un "éxito en el camino hacia un coche nacional".
El Fiat Línea se manufactura desde 2007 en la ciudad occidental de Bursa, donde se sitúa la fábrica de TOFAS, una empresa propiedad de Koç y Fiat.
Esta semana salió de la cadena de producción un nuevo modelo remozado estéticamente, con una nueva rejilla trabajada en cromo y con el parachoques delantero más estilizado y elegante.
En la parte mecánica, se mantiene el motor de 1.4 litros en la versión gasolina y un 1.3 en la diesel.
TOFAS había declarado antes su intención de desarrollar un modelo de turismo 100 por cien turco, respondiendo a la petición el año pasado por parte del primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, de un "automóvil nacional de Turquía".
No sería algo nuevo: De 1966 a 1991, en Turquía circuló la marca Anadol, una empresa participada por Koç y Ford.
El país sigue siendo hoy el sexto mayor fabricante de automóviles de Europa y el decimosexto del mundo.
Pero no todos creen que recuperar la marca nacional sea algo sensato. Otro famoso empresario, Ishak Alaton, ha opinado que Turquía debería abandonar el sueño de tener un coche nacional. "Diría que este proyecto hay que tirarlo al cubo de la basura", sentenció el empresario, de 85 años.
"Mis amigos en la industria de coches deberían ver que Turquía ha alcanzado su cumbre en la producción automóvil y que nuestro peso internacional en este sector irá bajando: no podemos competir con China en este campo", concluyó.
De momento, las cifras son aún alentadores: Desde 2007, TOFAS ha producido en Bursa 120.000 ejemplares del Fiat Línea, de los que 35.000 fueron exportados.
La empresa, que emplea a 8.000 personas, tiene capacidad para producir 400.000 vehículos al año y manufactura vehículos de cinco marcas: Fiat, Lancia, Alfa Romeo, Jeep y Ferrari-Maserati.
Según Koç, TOFAS produjo 308.000 coches en 2011, el 28 por ciento de la producción de Turquía, y exportó vehículos por valor de 2.600 millones de dólares.
Este año, la fábrica producirá 45.000 unidades del Línea y espera exportar 10.000 de ellos. EFECOM
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viernes, 13 de abril de 2012
Turquía presenta un Fiat Línea remozado, "turco al 70 por ciento"
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martes, 20 de septiembre de 2011
Orhan Pamuk ultima en Estambul el Museo de la Inocencia
http://www.lavanguardia.com/cultura/20110919/54217514062/orhan-pamuk-ultima-en-estambul-el-museo-de-la-inocencia.html
Orhan Pamuk ultima en Estambul el Museo de la Inocencia
El premio Nobel de literatura transforma la ficción en realidad invitando al lector a ser parte de la novela que lleva el mismo nombre que su última obra
Cultura | 19/09/2011 - 01:39h
XAVIER MAS DE XAXÀS | ENVIADO ESPECIAL
Estambul
Orhan Pamuk, premio Nobel de literatura, publicó El museo de la inocencia hace tres años. La novela narra una historia de amor en el Estambul de los años setenta. Kemal Basmaci, un burgués de 30 años, a punto de casarse con Sibel, se enamora de Füsun Harin, "una pariente lejana y pobre de 18 años". Con ella pasa los días más felices de su vida y es el afán por conservar esta felicidad a toda costa, de mostrar al mundo el orgullo de su amor y admiración por Füsun, lo que lo lleva a coleccionar los objetos que ella tocaba y tenía, las cosas que configuraban su existencia. Es más, decide exponerlos en un museo, el Museo de la Inocencia, situado en la calle Çukurkuma de Estambul, en una casa de tres plantas, con la fachada bermellón.
La novela incluye un mapa con la ubicación exacta y también una entrada para que los lectores no tengan que pagar. El museo, al que aún le faltan unos cuantos meses para abrir, transforma la ficción en realidad.
Por una parte, priva al lector de su derecho a la imaginación, de su privilegio a completar y participar del mundo ideado por el escritor. Por otra, sin embargo, lo invita a ser parte de la novela. Mientras dura la visita, en la casa en la que había vivido Kemal, donde se exponen, ordenados en vitrinas, los objetos que hablan de la vida de Füsun, el lector tiene el privilegio de sentir la emoción de ese amor, de comprobar, como escribe el propio Pamuk que "los objetos que nos quedan de los momentos felices guardan con mucha más fidelidad que las personas que nos hicieron vivir esa dicha, el placer de su recuerdo, sus colores, sus impresiones táctiles y visuales".
Hace un mes llegué hasta la casa de Kemal. Estaba cerrada pero había gente dentro. Una placa indicaba que el museo había vuelto a retrasar su inauguración, prevista inicialmente para el 2010. Metí la cabeza por una ventana e intenté sacar una foto de la planta baja, concretamente del vídeo que se proyecta sobre la pared blanca, un bucle de besos encadenados extraídos de películas turcas de los años setenta.
Mientras me peleaba con el encuadre, la señora Aral me dijo que no se podían hacer fotos. Llegaba de la compra, con una bolsa de plástico en cada mano. La calle Çukurkuma es estrecha, apenas pasan coches. Los niños juegan a fútbol y los vecinos hablan en los portales. "Vuelva el año próximo", me dijo. Le pregunté por qué la inauguración se demoraba tanto. Me habló de obras interminables y de la meticulosidad del señor Pamuk, la dificultad de que todo estuviera en su sitio, de que los objetos trazaran la línea del relato. Le pedí poder echar un vistazo rápido, comprobar que el museo –del que nadie había sabido darme razón y del que no hay nada en internet– era de verdad. La señora Aral sonrió. Debían pesarle las bolsas del súper. "Sólo un momento y nada de fotos", dijo mientras empujaba la estrecha puerta de madera e iniciaba el tránsito, como en un relato fantástico, a la dimensión secreta de la realidad.
La casa, por dentro, es más estrecha de lo que parece desde fuera. La escalera sube pegada a la pared, como un balcón sobre el vestíbulo. El péndulo de un reloj restaurado cuelga desde el segundo piso. Cada uno de los 83 capítulos de la novela tiene una vitrina y allí están todos los fetiches que Pamuk colecciona desde hace 30 años y que son los mismos objetos que Kemal atesora sobre Fünsun, la naturaleza muerta de una relación eternizada: saleros, llaves, la llave del hotel Fatih, perritos de porcelana, relojes, dedales, cucharillas, tazas de té, mechones de pelo, horquillas, los zapatos amarillos que Füsun llevaba puestos la primera vez que Kemal la vio en la tienda Champs Élysées, el cuadro que Kemal manda hacer sobre la vista de la casa de los padres de Füsun desde la calle, con la ventana de ella iluminada, el menú del restaurante Vestíbulo, los cromos de artistas de los chicles Zambo, las entradas de los cines de Beyoglu, la linterna del acomodador, piezas del Chevrolet del 56 color cereza madura, el pendiente que Füsun perdió haciendo el amor con Kemal en lo que para él fue el día más feliz de su vida, el perfume de Füsun, que huele (y aquí el lector recupera el privilegio de imaginar porque es un museo sin olores) "a algas marinas, caramelo quemado y galletas de niño", el pañuelo de algodón con florecitas, las postales de los rincones de Estambul donde pasearon juntos de la mano y la foto de Füsun, "los brazos color de miel, el bañador negro con el número 9, su cara nada alegre, todo lo contrario, más bien triste, su cuerpo maravilloso y la intensidad humana y la espiritualidad que nos maravillaban".
El recorrido por el edificio termina en el desván del tercer piso, donde está la habitación de Kemal, un cuarto de pobre, con la cama donde tantas veces se había acostado con Füsun, donde él y Pamuk bebían raki hablando del museo y donde ahora hay una maleta y unas cuantas postales enganchadas a la pared y también los manuscritos de la novela, colgados detrás de unos cristales protectores.
"Con mi museo –escribe Pamuk– pretendo enseñar no sólo al pueblo turco sino a todas las naciones del mundo, que se sientan orgullosos de la vida que llevamos. He viajado y lo he visto: mientras los occidentales se enorgullecen, la inmensa mayoría del mundo vive avergonzada. Sin embargo, si las cosas que nos dan vergüenza en la vida se exponen en un museo, de inmediato se convierte en motivo de orgullo".
Orhan Pamuk, según le contó un día a su colega Jordi Soler, se inspiró en el Museu Marès de Barcelona para hacer el Museo de la Inocencia. Del Marès le gusta el espíritu del coleccionista, las piezas pequeñas, cada una con su etiqueta, y la poca gente que se detiene a mirar y curiosear.
En el Museo de la Inocencia tampoco habrá mucha gente, cincuenta como mucho, y será necesario concertar una cita. Será un museo para que los amantes se besen, donde se podrá mascar chicle y donde los vigilantes llevarán corbatas con dibujos de los delicados pendientes de Füsun.
En Otros colores, el premio Nobel turco confiesa que la actitud del escritor respecto a la vida es como "observar desde el margen una diversión lejana" y cuando acaba la fiesta y nadie los ve, Kemal y Pamuk roban los objetos que permiten recordar eternamente esos instantes y escribir sobre ellos.
Los visitantes del Museo de la Inocencia, si tienen suerte y la ficción mantiene su magia realista, podrán ver a Kemal bajar del desván en pijama y mezclarse entre ellos para dejar claro "que he tenido una vida feliz".
Orhan Pamuk ultima en Estambul el Museo de la Inocencia
El premio Nobel de literatura transforma la ficción en realidad invitando al lector a ser parte de la novela que lleva el mismo nombre que su última obra
Cultura | 19/09/2011 - 01:39h
XAVIER MAS DE XAXÀS | ENVIADO ESPECIAL
Estambul
Orhan Pamuk, premio Nobel de literatura, publicó El museo de la inocencia hace tres años. La novela narra una historia de amor en el Estambul de los años setenta. Kemal Basmaci, un burgués de 30 años, a punto de casarse con Sibel, se enamora de Füsun Harin, "una pariente lejana y pobre de 18 años". Con ella pasa los días más felices de su vida y es el afán por conservar esta felicidad a toda costa, de mostrar al mundo el orgullo de su amor y admiración por Füsun, lo que lo lleva a coleccionar los objetos que ella tocaba y tenía, las cosas que configuraban su existencia. Es más, decide exponerlos en un museo, el Museo de la Inocencia, situado en la calle Çukurkuma de Estambul, en una casa de tres plantas, con la fachada bermellón.
La novela incluye un mapa con la ubicación exacta y también una entrada para que los lectores no tengan que pagar. El museo, al que aún le faltan unos cuantos meses para abrir, transforma la ficción en realidad.
Por una parte, priva al lector de su derecho a la imaginación, de su privilegio a completar y participar del mundo ideado por el escritor. Por otra, sin embargo, lo invita a ser parte de la novela. Mientras dura la visita, en la casa en la que había vivido Kemal, donde se exponen, ordenados en vitrinas, los objetos que hablan de la vida de Füsun, el lector tiene el privilegio de sentir la emoción de ese amor, de comprobar, como escribe el propio Pamuk que "los objetos que nos quedan de los momentos felices guardan con mucha más fidelidad que las personas que nos hicieron vivir esa dicha, el placer de su recuerdo, sus colores, sus impresiones táctiles y visuales".
Hace un mes llegué hasta la casa de Kemal. Estaba cerrada pero había gente dentro. Una placa indicaba que el museo había vuelto a retrasar su inauguración, prevista inicialmente para el 2010. Metí la cabeza por una ventana e intenté sacar una foto de la planta baja, concretamente del vídeo que se proyecta sobre la pared blanca, un bucle de besos encadenados extraídos de películas turcas de los años setenta.
Mientras me peleaba con el encuadre, la señora Aral me dijo que no se podían hacer fotos. Llegaba de la compra, con una bolsa de plástico en cada mano. La calle Çukurkuma es estrecha, apenas pasan coches. Los niños juegan a fútbol y los vecinos hablan en los portales. "Vuelva el año próximo", me dijo. Le pregunté por qué la inauguración se demoraba tanto. Me habló de obras interminables y de la meticulosidad del señor Pamuk, la dificultad de que todo estuviera en su sitio, de que los objetos trazaran la línea del relato. Le pedí poder echar un vistazo rápido, comprobar que el museo –del que nadie había sabido darme razón y del que no hay nada en internet– era de verdad. La señora Aral sonrió. Debían pesarle las bolsas del súper. "Sólo un momento y nada de fotos", dijo mientras empujaba la estrecha puerta de madera e iniciaba el tránsito, como en un relato fantástico, a la dimensión secreta de la realidad.
La casa, por dentro, es más estrecha de lo que parece desde fuera. La escalera sube pegada a la pared, como un balcón sobre el vestíbulo. El péndulo de un reloj restaurado cuelga desde el segundo piso. Cada uno de los 83 capítulos de la novela tiene una vitrina y allí están todos los fetiches que Pamuk colecciona desde hace 30 años y que son los mismos objetos que Kemal atesora sobre Fünsun, la naturaleza muerta de una relación eternizada: saleros, llaves, la llave del hotel Fatih, perritos de porcelana, relojes, dedales, cucharillas, tazas de té, mechones de pelo, horquillas, los zapatos amarillos que Füsun llevaba puestos la primera vez que Kemal la vio en la tienda Champs Élysées, el cuadro que Kemal manda hacer sobre la vista de la casa de los padres de Füsun desde la calle, con la ventana de ella iluminada, el menú del restaurante Vestíbulo, los cromos de artistas de los chicles Zambo, las entradas de los cines de Beyoglu, la linterna del acomodador, piezas del Chevrolet del 56 color cereza madura, el pendiente que Füsun perdió haciendo el amor con Kemal en lo que para él fue el día más feliz de su vida, el perfume de Füsun, que huele (y aquí el lector recupera el privilegio de imaginar porque es un museo sin olores) "a algas marinas, caramelo quemado y galletas de niño", el pañuelo de algodón con florecitas, las postales de los rincones de Estambul donde pasearon juntos de la mano y la foto de Füsun, "los brazos color de miel, el bañador negro con el número 9, su cara nada alegre, todo lo contrario, más bien triste, su cuerpo maravilloso y la intensidad humana y la espiritualidad que nos maravillaban".
El recorrido por el edificio termina en el desván del tercer piso, donde está la habitación de Kemal, un cuarto de pobre, con la cama donde tantas veces se había acostado con Füsun, donde él y Pamuk bebían raki hablando del museo y donde ahora hay una maleta y unas cuantas postales enganchadas a la pared y también los manuscritos de la novela, colgados detrás de unos cristales protectores.
"Con mi museo –escribe Pamuk– pretendo enseñar no sólo al pueblo turco sino a todas las naciones del mundo, que se sientan orgullosos de la vida que llevamos. He viajado y lo he visto: mientras los occidentales se enorgullecen, la inmensa mayoría del mundo vive avergonzada. Sin embargo, si las cosas que nos dan vergüenza en la vida se exponen en un museo, de inmediato se convierte en motivo de orgullo".
Orhan Pamuk, según le contó un día a su colega Jordi Soler, se inspiró en el Museu Marès de Barcelona para hacer el Museo de la Inocencia. Del Marès le gusta el espíritu del coleccionista, las piezas pequeñas, cada una con su etiqueta, y la poca gente que se detiene a mirar y curiosear.
En el Museo de la Inocencia tampoco habrá mucha gente, cincuenta como mucho, y será necesario concertar una cita. Será un museo para que los amantes se besen, donde se podrá mascar chicle y donde los vigilantes llevarán corbatas con dibujos de los delicados pendientes de Füsun.
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domingo, 9 de enero de 2011
El vuelo de la compañía turca Turkish Airlines se dirigía de Oslo a Estambul
Un pasajero de un vuelo de la compañía turca Turkish Airlines que se dirigía de Oslo a Estambul, amenazó ayer con explotar el avión si el aparato no regresaba a Noruega, según informa el canal turco de noticias CNN Turk en su página web. El hombre, de mediana edad, identificado como Cuma Yasar, se acercó a la cabina del piloto, mientras el Boeing 737-800 descendía en el aeropuerto Ataturk en Estambul, amenazando a los pasajeros con explotar una bomba que tenía en sus manos si el capitán no retornaba a Noruega.
El sujeto, ataviado con un pasamontañas, afirmó que tenía una bomba en su poder y amenazó a la tripulación con destruir el aparato si éste no volvía a Oslo.
El presunto terrorista trató de ingresar en la cabina de mando pero fue reducido por dos pasajeros, según señaló la fuente.
El avión, en el que viajaban 59 pasajeros más siete tripulantes, aterrizó sin problemas en el aeropuerto Ataturk de Estambul, donde la policía turca, tras evacuar a todos los pasajeros, irrumpió en la aeronave y detuvo al individuo.
CNN Turk informó de que en el incidente no se produjeron heridos e indicó que el arrestado no llevaba ningún explosivo.
El sujeto, ataviado con un pasamontañas, afirmó que tenía una bomba en su poder y amenazó a la tripulación con destruir el aparato si éste no volvía a Oslo.
El presunto terrorista trató de ingresar en la cabina de mando pero fue reducido por dos pasajeros, según señaló la fuente.
El avión, en el que viajaban 59 pasajeros más siete tripulantes, aterrizó sin problemas en el aeropuerto Ataturk de Estambul, donde la policía turca, tras evacuar a todos los pasajeros, irrumpió en la aeronave y detuvo al individuo.
CNN Turk informó de que en el incidente no se produjeron heridos e indicó que el arrestado no llevaba ningún explosivo.
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lunes, 13 de diciembre de 2010
Simao podría irse a jugar al Besiktas turco en el mercado de invierno
Según ha adelantado Antonio Ruiz este domingo en 'El Partido de las 12', Simao Sabrosa, uno de los capitanes del Atlético de Madrid, está meditando cambiar el Atlético de Madrid por un club de la Liga turca, en concreto el Besiktas, donde juega Guti. Tanto el club como el portugués tienen una oferta muy buena sobre la mesa, y hay que tener en cuenta que el contrato de Simao finaliza el 30 de junio y que no ha recibido propuesta de renovación alguna. Además, de este modo, las arcas del club rojiblanco recibirían un ingreso extra. La oferta sería para las próximas tres temporadas y lo que resta de la presente.
Otro factor que podría propiciar este cambio de aires es la llegada inmediata del futbolista procedente del Corinthians, Elías, que ocupa la misma demarcación que el portugués, aunque actualmente, Simao es titular habitual en los partidos dirigidos por Quique Sánchez Flores.
Ignacio Camacho y Sergio Asenjo son los otros dos futbolistas de la primera plantilla que pueden cambiar de aires de forma inmediata.
Otro factor que podría propiciar este cambio de aires es la llegada inmediata del futbolista procedente del Corinthians, Elías, que ocupa la misma demarcación que el portugués, aunque actualmente, Simao es titular habitual en los partidos dirigidos por Quique Sánchez Flores.
Ignacio Camacho y Sergio Asenjo son los otros dos futbolistas de la primera plantilla que pueden cambiar de aires de forma inmediata.
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